La misa crismal

 

En el marco del “Año Jubilar de la Misericordia” y en la catedral Nuestra Señora de la Paz, el obispo diocesano, monseñor Jorge Lugones, presidió hace instantes la “misa crismal”, donde los sacerdotes concelebrantes -entre ellos, los obispos auxiliares, monseñor Jorge Vázquez y monseñor Jorge Torres Carbonell- renovaron sus promesas de ordenación.

Ante representantes y fieles de las 60 parroquias de la diócesis, el obispo bendijo el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, para la celebración de los sacramentos a lo largo del año en cada comunidad parroquial.

 

MENSAJE

                                                            La Misericordia hace al sacerdote

 

El Papa Francisco nos recordaba: La misericordia es la viga maestra

que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido

 por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio

hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso

y compasivo. La Iglesia “vive un deseo inagotable de brindar misericordia”.

Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia [1].

 

“Sacerdote: Dios te ha mirado con misericordia”

(Num. 6,25-28; Jer. 1,5 ss; Sal 139, 13-16; Mc. 1, 16-20)

  

Dios nos mira personalmente con sus ojos humano-divinos: Dios nuestro Señor me mira en este día, como en el día de mi ordenación presbiteral, para confirmarme en mi renovación ministerial, en este Jueves Santo de la promesa y la fidelidad.

El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los números (6,25-28): Ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea  propicio, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.

En la mirada de Dios encontramos amor: el amor de Dios, que nos  llamó a ser y este amor que Dios nos tiene, desea avivarlo en nosotros cada vez más para colmar nuestras vidas en el sacerdocio ministerial.

Antes de formarte en el vientre materno yo te conocía, antes que salieras del seno, yo te había consagrado (Jer 1,5).

Cuántas veces nos ha conmovido esta llamada. Sentirnos elegidos desde el seno de nuestra madre, sin mérito de nadie, solo por la atracción gratuita del amor de Dios. ¡Cómo te conocía Dios sacerdote!.

Tu conocías hasta el fondo de mi alma, y nada de mi ser se te ocultaba (Sal 139,14-15). Desde la mirada amorosa de Dios sobre mí, necesitamos ahondar en él, descubrirnos amados de modo personal, consagrados para siempre. En la mirada de Dios descansamos confiados: el amor de Dios que nos llamó a ser y nos consagró, este amor que Dios nos tiene desea avivarlo en nosotros cada vez más para colmar nuestras vidas.        

El Evangelio nos regala la mirada de Jesús, una mirada concreta, personal, honda, que mira el corazón, elige con libertad y descubre nuestro pensamiento.

Mientras iba caminando por la orilla del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés… les dijo síganme. A nosotros también nos descubrió su mirada y nos llamó en la orilla de la vida, a navegar en el mar de su misericordia.

Avanzando un poco vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan.. los llamó y ellos dejándolo todo lo siguieron (Mc 1,16). Nosotros también hemos dejado padre y madre, hermanos, seres queridos, todos, pero ha sido su mirada que cala profundo como la hondura del mar, la que nos movió a dejar más que las redes.

La mirada de Nuestro Padre Dios como al “hijo pródigo” que cada mañana salía otear el horizonte, nos sale a recibir para devolvernos nuevamente la herencia, ponernos el anillo, vestirnos y calzarnos cuando volvemos a Él con la dignidad hecha arapos, nos abraza, nos reviste nuevamente de misericordia y hace fiesta.

Al día siguiente Juan Bautista vio a Jesús y lo señaló a sus discípulos (Jn 1, 29-31) y sus discípulos corrieron tras de el. Al ver a Jesús, el bautista da alas a sus discípulos para que sigan al maestro, no se reserva nada, no se siente con derechos de primogenitura sobre los demás. Mirada que sabe entregar el fruto, no forma discípulos para sí, sino para el Señor, el sacerdote no tiene un séquito que lo sigue a él, sino que prepara el discipulado para que sigan al Buen Pastor.

Dejarnos mirar en los momentos de aridez y de oscuridad, cuando nos sentimos lejos de todo, como Agar en el desierto, temiendo perder la descendencia: Agar lo llama “El Roí: Dios se hace visible. Tú eres Dios que me ve. El Dios viviente que me ve” (Gn 16,13).

¡El es quien te sostuvo en los momentos de debilidad y tribulación Sacerdote! El que convierte tu desierto en un vergel, tu tierra abrasada en un jardín.

“Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Este es el pedido de los griegos a Felipe. Cuántos nos piden a nosotros, sacerdotes, que les mostremos a Jesús, que le presentemos el misterio del amor hermoso con la frescura del amigo que bien lo conoce.

Mírame para que pueda amarte, llámame para que yo te vea, para que me goce en Ti… (San Agustín). Para que no dejes cada día de invocarme Sacerdote, para que mi mirada recree cada mañana tu entrega, por la alegría del Reino.

Jesús es el rostro visible de la misericordia de Dios, dice Francisco. Dios visible en el rostro de Jesús: mírame Señor para que yo te vea. Alguien dijo que: “Lo esencial es invisible a los ojos… lo que hay no es todo lo que ves…”. Que tu mirada tenga esta profundidad y esta extensión sacerdote, para no juzgar con premura, para andar en paciencia, aun cuando las apariencias nos quieran dar la razón.

Al desembarcar Jesús vio una gran multitud y se compadeció… (Mc. 6,34). En el Año de la Misericordia, pidamos la gracia de no pasar de largo, de mirar con los ojos del amor del pastor, aún cuando nos merezcamos un descanso, no pasar de largo ante los que se sienten necesitados de compasión, de comprensión, de inclusión.

Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales [2].

Los discípulos miraban lo abundante que ponían los ricos, pero no vieron a la viuda pobre…. que puso todo (Lc. 21, 2-3). Que el Señor te muestre que tus dos monedas de cobre, tus pobres capacidades o tu poco ingenio, son valiosos a sus ojos, porque se lo has entregado todo. ¡Sacerdote!

Simón hijo de Juan me amas… apacienta a mis ovejas (Jn 21) El Señor es mi Pastor que me apacienta, me invita a su mesa, para que yo incluya en la misa a todos, ya que el dio la vida por la salvación de todos. Que en cada Eucaristía me convierta yo también en pan partido y entregado, como ofrenda agradable a Dios.

María mira a cada uno y en cada uno a todo el pueblo. Mirarla y desear que Ella nos mire. María es la madre dolorosa, qué mirada por su Hijo, al pie de la Cruz, nos recibe como hijos, nos confirma en nuestra vocación, nos protege como: madre de los sacerdotes.

Aquí bajo los ojos misericordiosos de Nuestra Señora de la Paz, la Madre del pueblo que busca cobijo en ella, conociendo como nadie el amor de Dios y como el amor pasa por el dolor, puede mirarnos, comprendernos y ampararnos en todas nuestras alegrías, esperanzas y sufrimientos.

La Virgen nos contempla a cada uno de nosotros sacerdotes intercediendo ante el Señor, para que también por medio nuestro, mediadores de su Hijo, Jesucristo, siga obrando maravillas y derrochando misericordia  para su pueblo.

¡Gracias a ustedes sacerdotes que oran y bregan por nuestro pueblo! ¡Gracias por su colaboración y cercanía! ¡Gracias por su vocación!

Con mi bendición.

 

Mons. Jorge Rubén Lugones sj

Obispo de la Diócesis de Lomas de Zamora

 



[1] Bula Pontificia MV 10

[2] MV 8

  • 24 Marzo 2016
  • Visto 504

 

En el marco del “Año Jubilar de la Misericordia” y en la catedral Nuestra Señora de la Paz, el obispo diocesano, monseñor Jorge Lugones, presidió hace instantes la “misa crismal”, donde los sacerdotes concelebrantes -entre ellos, los obispos auxiliares, monseñor Jorge Vázquez y monseñor Jorge Torres Carbonell- renovaron sus promesas de ordenación.

Ante representantes y fieles de las 60 parroquias de la diócesis, el obispo bendijo el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, para la celebración de los sacramentos a lo largo del año en cada comunidad parroquial.

 

MENSAJE

                                                            La Misericordia hace al sacerdote

 

El Papa Francisco nos recordaba: La misericordia es la viga maestra

que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido

 por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio

hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso

y compasivo. La Iglesia “vive un deseo inagotable de brindar misericordia”.

Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia [1].

 

“Sacerdote: Dios te ha mirado con misericordia”

(Num. 6,25-28; Jer. 1,5 ss; Sal 139, 13-16; Mc. 1, 16-20)

  

Dios nos mira personalmente con sus ojos humano-divinos: Dios nuestro Señor me mira en este día, como en el día de mi ordenación presbiteral, para confirmarme en mi renovación ministerial, en este Jueves Santo de la promesa y la fidelidad.

El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los números (6,25-28): Ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea  propicio, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.

En la mirada de Dios encontramos amor: el amor de Dios, que nos  llamó a ser y este amor que Dios nos tiene, desea avivarlo en nosotros cada vez más para colmar nuestras vidas en el sacerdocio ministerial.

Antes de formarte en el vientre materno yo te conocía, antes que salieras del seno, yo te había consagrado (Jer 1,5).

Cuántas veces nos ha conmovido esta llamada. Sentirnos elegidos desde el seno de nuestra madre, sin mérito de nadie, solo por la atracción gratuita del amor de Dios. ¡Cómo te conocía Dios sacerdote!.

Tu conocías hasta el fondo de mi alma, y nada de mi ser se te ocultaba (Sal 139,14-15). Desde la mirada amorosa de Dios sobre mí, necesitamos ahondar en él, descubrirnos amados de modo personal, consagrados para siempre. En la mirada de Dios descansamos confiados: el amor de Dios que nos llamó a ser y nos consagró, este amor que Dios nos tiene desea avivarlo en nosotros cada vez más para colmar nuestras vidas.        

El Evangelio nos regala la mirada de Jesús, una mirada concreta, personal, honda, que mira el corazón, elige con libertad y descubre nuestro pensamiento.

Mientras iba caminando por la orilla del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés… les dijo síganme. A nosotros también nos descubrió su mirada y nos llamó en la orilla de la vida, a navegar en el mar de su misericordia.

Avanzando un poco vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan.. los llamó y ellos dejándolo todo lo siguieron (Mc 1,16). Nosotros también hemos dejado padre y madre, hermanos, seres queridos, todos, pero ha sido su mirada que cala profundo como la hondura del mar, la que nos movió a dejar más que las redes.

La mirada de Nuestro Padre Dios como al “hijo pródigo” que cada mañana salía otear el horizonte, nos sale a recibir para devolvernos nuevamente la herencia, ponernos el anillo, vestirnos y calzarnos cuando volvemos a Él con la dignidad hecha arapos, nos abraza, nos reviste nuevamente de misericordia y hace fiesta.

Al día siguiente Juan Bautista vio a Jesús y lo señaló a sus discípulos (Jn 1, 29-31) y sus discípulos corrieron tras de el. Al ver a Jesús, el bautista da alas a sus discípulos para que sigan al maestro, no se reserva nada, no se siente con derechos de primogenitura sobre los demás. Mirada que sabe entregar el fruto, no forma discípulos para sí, sino para el Señor, el sacerdote no tiene un séquito que lo sigue a él, sino que prepara el discipulado para que sigan al Buen Pastor.

Dejarnos mirar en los momentos de aridez y de oscuridad, cuando nos sentimos lejos de todo, como Agar en el desierto, temiendo perder la descendencia: Agar lo llama “El Roí: Dios se hace visible. Tú eres Dios que me ve. El Dios viviente que me ve” (Gn 16,13).

¡El es quien te sostuvo en los momentos de debilidad y tribulación Sacerdote! El que convierte tu desierto en un vergel, tu tierra abrasada en un jardín.

“Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Este es el pedido de los griegos a Felipe. Cuántos nos piden a nosotros, sacerdotes, que les mostremos a Jesús, que le presentemos el misterio del amor hermoso con la frescura del amigo que bien lo conoce.

Mírame para que pueda amarte, llámame para que yo te vea, para que me goce en Ti… (San Agustín). Para que no dejes cada día de invocarme Sacerdote, para que mi mirada recree cada mañana tu entrega, por la alegría del Reino.

Jesús es el rostro visible de la misericordia de Dios, dice Francisco. Dios visible en el rostro de Jesús: mírame Señor para que yo te vea. Alguien dijo que: “Lo esencial es invisible a los ojos… lo que hay no es todo lo que ves…”. Que tu mirada tenga esta profundidad y esta extensión sacerdote, para no juzgar con premura, para andar en paciencia, aun cuando las apariencias nos quieran dar la razón.

Al desembarcar Jesús vio una gran multitud y se compadeció… (Mc. 6,34). En el Año de la Misericordia, pidamos la gracia de no pasar de largo, de mirar con los ojos del amor del pastor, aún cuando nos merezcamos un descanso, no pasar de largo ante los que se sienten necesitados de compasión, de comprensión, de inclusión.

Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales [2].

Los discípulos miraban lo abundante que ponían los ricos, pero no vieron a la viuda pobre…. que puso todo (Lc. 21, 2-3). Que el Señor te muestre que tus dos monedas de cobre, tus pobres capacidades o tu poco ingenio, son valiosos a sus ojos, porque se lo has entregado todo. ¡Sacerdote!

Simón hijo de Juan me amas… apacienta a mis ovejas (Jn 21) El Señor es mi Pastor que me apacienta, me invita a su mesa, para que yo incluya en la misa a todos, ya que el dio la vida por la salvación de todos. Que en cada Eucaristía me convierta yo también en pan partido y entregado, como ofrenda agradable a Dios.

María mira a cada uno y en cada uno a todo el pueblo. Mirarla y desear que Ella nos mire. María es la madre dolorosa, qué mirada por su Hijo, al pie de la Cruz, nos recibe como hijos, nos confirma en nuestra vocación, nos protege como: madre de los sacerdotes.

Aquí bajo los ojos misericordiosos de Nuestra Señora de la Paz, la Madre del pueblo que busca cobijo en ella, conociendo como nadie el amor de Dios y como el amor pasa por el dolor, puede mirarnos, comprendernos y ampararnos en todas nuestras alegrías, esperanzas y sufrimientos.

La Virgen nos contempla a cada uno de nosotros sacerdotes intercediendo ante el Señor, para que también por medio nuestro, mediadores de su Hijo, Jesucristo, siga obrando maravillas y derrochando misericordia  para su pueblo.

¡Gracias a ustedes sacerdotes que oran y bregan por nuestro pueblo! ¡Gracias por su colaboración y cercanía! ¡Gracias por su vocación!

Con mi bendición.

 

Mons. Jorge Rubén Lugones sj

Obispo de la Diócesis de Lomas de Zamora

 



[1] Bula Pontificia MV 10

[2] MV 8

© Eclesia. All rights reserved. Desarrollado por Diseño&Soporte.